(por publicarse en la revista Ciencias, UNAM, México)
Y Josué
dijo “…Sol, detente en Gabaón; y tú, Luna, en el valle de Ajalón, y el Sol se detuvo y la Luna se paró, hasta
tanto que la gente se hubo vengado de sus enemigos…” (Josué 10:12-13). En otro
pasaje (Éxodo 14:21) “Y extendió Moisés la mano sobre la mar, e hizo Jehová que
la mar se retirase por recio viento
oriental toda aquella noche; y tornó la
mar en seco y quedaron las aguas divididas”. Acto seguido, el pueblo escogido cruzó, y cuando las
fuerzas del Faraón iniciaron el cruce para acabar con los israelitas, se volvieron
a cerrar las aguas. Y así, otros portentos son descritos a lo largo de los
cinco libros que forman el Pentateuco, la base textual de la Tora, de la
religión judía, y una parte del Antiguo Testamento en la cristiana. En otro
lado y para esta última, un evangelista narra en el Nuevo Testamento, esencia
de la fe correspondiente, “Y el nacimiento de Jesucristo fue así: que siendo María
su madre desposada con José, antes que se juntasen, se halló haber concebido del Espíritu Santo” (Mateo
1:18). En el Nuevo Testamento, las citas de milagros de Jesús son más
numerosas: convirtió agua en vino, multiplicó panes, caminó sobre el agua,
revivió muertos y muchas cosas más.
En
términos generales, las religiones abordan el tema general de la deidad (sus
atributos), su relación con el mundo (los milagros), y su comunicación con la
humanidad (normas, leyes, promesas y amenazas). La fuente de cada uno de estos
elementos es siempre la revelación.
Es decir, una persona “recibe un mensaje”, la voz divina, en forma directa,
personal, íntima. Así, los profetas recibieron estas indicaciones directamente
de Dios. En las religiones judeo-cristianas y la musulmana, es principalmente
Moisés, quien se aísla durante meses y vuelve con más de seiscientos preceptos,
los mandamientos incluidos. Para los judíos es la fuente principal. Para los
cristianos la revelación viene de Moisés y algunos otros, pero es especialmente
Jesús la fuente de todo. Para los musulmanes, quienes incorporan a la
revelación mosaica la de Jesús, es a Mahoma a quien Dios revela la forma final
de sus comunicaciones. Cabe notar que ninguno de los profetas escribió palabra
alguna; probablemente ninguno sabía escribir. En todos los casos, los textos
son escritos después y por varios autores; la Tora, la Biblia y el Corán son
representativos. Los evangelistas, años después de la muerte de Jesús escriben
sobre sus enseñanzas, preceptos y milagros, varios de ellos sin haberlo
escuchado o visto. El califa Utman reunió y organizó los textos del Corán 20
años después de la muerte de Mahoma.
Un
aspecto de los textos sagrados es que son aceptados, en cada religión, con una
validez absoluta, si bien las religiones modernas no toman los textos de manera
literal; salvo entre grupos de escasa educación, que en número superan a los
que sí la tienen. Es aquí donde los expertos respectivos, los exégetas con
diferentes nombres y a través del tiempo, han ido aportando las diversas
interpretaciones, adaptándolas a la civilización moderna.
Hay
cientos de religiones profesadas por grupos de distinto tamaño. La cristiana, que
tiene más de 32,000 distintas denominaciones, porque creen en igual número de
variaciones distintas, tiene más de
2,100 millones de feligreses; es la mayor. La segunda, con 1,600 millones es la
islámica y la tercera el hinduismo, con 1000 millones. Si pudiera llamársele
religión, el budismo sería seguido por entre 400 y 1400 millones -dato nada
preciso. Hay más de 100 millones de personas que siguen alguna religión formada
en el siglo pasado, y quienes declaran no tener religión alguna son cerca de
1000 millones; todos los números son aproximados.
En
resumen y en común, postulan que Dios es único, omnipotente (todopoderoso),
omnisciente (está en todo lugar), eterno, creó el mundo y lo terminará; además es
justo, misericordioso y se ocupa de cada ser humano. Cada religión, por
supuesto, se considera como la única y verdadera.
La
ciencia, por su parte, enfrenta el reto de hacer comprensible al mundo que
percibimos, que nos envuelve y del que somos parte. El supuesto básico es que
ese mundo existe, independientemente del observador, y que es accesible a
nuestro intelecto. Lo es porque se pueden ir descubriendo las regularidades que
tiene, a las que llamamos leyes naturales, se puede frasear la descripción en
un lenguaje universal, común, aunque en ocasiones éste sea complejo y se
requiera de una educación formal en alguna disciplina, como la física, la
biología, la química o las matemáticas; implícito está que se requiere de una
cultura mínima y un idioma estructurado. Lo que no se pone en tela de juicio es
que las regularidades siempre se siguen, en tanto que no hay excepciones.
Cuando parece haberlas, la explicación está en el mundo mismo. La Luna siempre
gira en torno a la Tierra y no hay quien se despierte con la duda sobre su
siguiente aparición; siempre “sale” el Sol, y lo seguirá haciendo, hasta que
ocurran ciertos fenómenos naturales, que no se pueden predecir mirando
cartoncitos con figuras de colores o esferas de vidrio u orando ante una imagen
de plástico que representa lo que un comerciante tuvo la ocurrencia de hacer. Todos,
sin excepción, aceptan que el mundo real existe, aunque sea en secreto. Una
prueba es que, al cruzar la calle, cada persona voltea para ver si viene un auto;
las posibles excepciones ya no están con nosotros... Quienes creen que es una
invención social, los invito a brincar por la ventana de mi oficina, en el
cuarto piso.
El
mundo natural ofrece retos extraordinarios para su cabal comprensión; es tan poco
lo que sabemos y lo que podemos predecir, que la soberbia del conocimiento es
sólo síntoma de la ignorancia. Aún así, la vida moderna, simplificada por la
tecnología que se disfruta en los aspectos cotidianos, y la información sobre
lo que es nuestro universo, nos siguen deslumbrando. Parece casi absurdo
imaginar que hace poco se suponía que la Tierra era plana y estaba fija en el
centro del universo, o que la vida había aparecido como hoy la vemos, plantas y
animales que viven, se reproducen y mueren. Toda persona con cierta cultura
biológica sabe del hecho evolutivo.
Un
hecho del quehacer científico es que las “verdades” permanecen en tanto que no
presenten excepciones. Cuando así ocurre, son sustituidas por nuevas
explicaciones que, además de incorporar todo lo que ya se entendía, incorporan
una gama más amplia de fenómenos o de información. La ciencia es falsificable, en tanto que se pone a
prueba todo el tiempo. En la religión nada es falsificable o demostrable, o
comprensible.
No
es tarea de la ciencia enfrentar a la religión, salvo cuando pretende afirmar
hechos que, con experimentos u observaciones simples, se exhiben como falsos, o
que el orden que hemos ido descubriendo en la naturaleza se imagina
interrumpido por deseos divinos o testimonios personales de dudosa veracidad.
Es
difícil seguir la lógica de que hay un ser superior justo y misericordioso, ante
la injusticia, el hambre, la violencia, que “escucha y atiende” plegarias
individuales solicitando favores que, usualmente, suponen violar las leyes
naturales, que todos los días se verifican en los laboratorios del mundo, sin
fallar, independientemente de nacionalidad, raza, género, idioma, o posición
política, o credo.
La
cultura moderna, encierra a todas las actividades humanas, como los estudios
sobre la memoria y el átomo, la conciencia y el origen del universo y de la
vida, el baile y las leyes del pensamiento; algunas cosas contribuyen a conocernos
y mejorar nuestras perspectivas de supervivencia individual y colectiva, otras
son irrelevantes y otras más nos denigran y empobrecen. Muchas de estas
actividades son ciertas y otras falsas, unas son complementarias y otras son
contradictorias. La música y la física se complementan, como la biología y la
escultura o la química y la literatura. La ciencia y la religión se
contraponen.